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La industria de bebidas no alcohólicas en Colombia enfrentó un 2025 marcado por un ajuste estructural ante la consolidación de los impuestos saludables y un cambio profundo en los hábitos de consumo de los hogares. El Producto Interno Bruto (PIB) del sector (incluyendo tabaco) registró una contracción del 1,3 % en el periodo enero a septiembre de 2025, situándose en $5,9 billones. Esta desaceleración responde a la pérdida de asequibilidad generada por el traslado de las tarifas impositivas ($38,0 y $65,0 por cada 100ml) al precio final, sumada a una cautela instalada en el gasto de los consumidores y disrupciones logísticas por factores climáticos. A pesar del entorno interno retador, las ventas externas mostraron una resiliencia notable, creciendo un 25,4 % a noviembre, consolidándose como un amortiguador financiero clave para las compañías del sector.

Entre enero y noviembre de 2025, las exportaciones colombianas de carbón alcanzaron USD 3.662 millones, registrando una caída del 33,5% frente al mismo periodo de 2024. En volumen, se enviaron 42,1 millones de toneladas (-24,2 %), mientras que el precio promedio de exportación descendió a USD 86,9 por tonelada (-12,3 %). La contracción se concentró principalmente en el carbón térmico (-34,0 %), que representa más del 94 % del total exportado, mientras que otros carbones bituminosos cayeron 24,9 %.

El desempeño del sector reflejó un entorno adverso marcado por la caída de precios internacionales, alta volatilidad cambiaria, mayores costos de fletes y cargas impositivas, que redujeron la competitividad de los carbones del interior del país, obligados a recorrer más de 1.000 km hasta los puertos de exportación.

Colombia no enfrenta hoy una crisis económica clásica: no hay hiperinflación, colapso financiero ni default inminente. Los indicadores macroeconómicos aún reflejan estabilidad relativa. Sin embargo, bajo esa superficie, el país atraviesa un cambio estructural silencioso en su modelo económico. En los últimos años, el Estado ha asumido un rol cada vez más activo como motor del crecimiento, con mayor gasto público, más regulación y una intervención directa más fuerte en sectores estratégicos. Este giro no ha sido declarado oficialmente, pero se manifiesta en decisiones acumuladas de política pública, en el discurso gubernamental y en nuevas prioridades fiscales. Al mismo tiempo, la inversión privada pierde dinamismo, la productividad permanece estancada y el crecimiento potencial de la economía se desacelera, configurando un escenario de menor expansión estructural.

El problema no es ideológico, sino económico. Un Estado más grande no garantiza automáticamente más crecimiento, especialmente cuando el gasto público se expande más rápido que la capacidad productiva del país. La inversión privada —principal motor de productividad, innovación y empleo formal— se ha debilitado por mayores costos, incertidumbre regulatoria y menor rentabilidad esperada. El Estado ha intentado compensar ese vacío con gasto público, pero enfrenta límites fiscales, problemas de eficiencia y un déficit creciente financiado con deuda en un entorno de tasas altas. El resultado no es una crisis abierta, sino un riesgo más complejo: un estancamiento prolongado. Colombia no explota, pero empieza a crecer menos; y cuando una economía deja de crecer de forma sostenida, las tensiones sociales y fiscales no desaparecen, solo se postergan.

En 2026, el comercio internacional atraviesa una de sus transformaciones más profundas desde el final de la Guerra Fría. El ideal del libre comercio, que durante décadas fue guía de la integración económica global, ha sido desplazado gradualmente por un enfoque donde la seguridad nacional, la soberanía industrial y la resiliencia de las cadenas de suministro ocupan un lugar central. Además, el giro hacia el proteccionismo no es coyuntural. Se ha consolidado como una característica estructural del nuevo orden económico mundial.

Lo que inicialmente surgió como una respuesta de emergencia a la pandemia, a la escasez de insumos críticos y a las tensiones geopolíticas, hoy define la política comercial de las principales potencias. Ahora, los aranceles, subsidios industriales, controles a la exportación y regulaciones ambientales se han convertido en instrumentos habituales de política económica.

A pesar del endurecimiento de las barreras comerciales, el comercio mundial alcanzó en 2025 un récord histórico de 35,0 billones de dólares, según la UNCTAD. Esto representa un crecimiento del 7,0% y una inyección de 2,2 billones de dólares a la economía global.

Este crecimiento no fue impulsado por los corredores tradicionales. Por el contrario, fue impulsado por las potencias medias del Sur Global y por la rápida integración de la inteligencia artificial en los procesos comerciales. El comercio de bienes vinculados a la IA creció más de un 20,0 % interanual. Además, aportó casi la mitad del crecimiento total, a pesar de representar una fracción del comercio global.

Entre 2024 y 2025, el porcentaje de trabajadores que ganaban un valor igual o menor de un salario mínimo subió del 44% al 49%, con un ajuste salarial del 9,5%. ¿Qué va a pasar con un ajuste del 23 %?.

Los ajustes del salario mínimo conllevarán a aumentos de costos entre el 6 % y 19 % dependiendo del tipo de empresa y el sector donde participan.

Estos mayores costos se mitigarán con aumentos de precios (inflación), despidos (desempleo) y contratación informal.

Durante 2025, el sector de calzado y marroquinería atravesó un proceso de ajuste estructural caracterizado por una divergencia entre los niveles de producción y el dinamismo comercial. Mientras la fabricación local de calzado enfrentó contracciones debido a la presión de los precios internacionales y el auge de las importaciones asiáticas, las ventas mostraron una recuperación gradual, impulsada por un gasto de los hogares que superó los $3,0 billones de pesos en el acumulado a octubre.

Por su parte, la marroquinería consolidó su perfil exportador mediante el diseño de alto valor agregado, especialmente hacia el mercado estadounidense. Para 2026, la industria proyecta un crecimiento del 5,0 %, apalancada en la eliminación de aranceles a insumos clave y dinámica de consumo, aunque deberá mitigar riesgos logísticos y cumplir con estrictas reglas de origen para mantener su competitividad externa.

Durante casi dos siglos, la relación de Estados Unidos con América Latina ha estado marcada por una lógica constante: el hemisferio occidental es un espacio estratégico que Washington no está dispuesto a compartir con potencias externas. Esa idea tomó forma en 1823 con la Doctrina Monroe. Inicialmente, esta doctrina fue concebida como una advertencia defensiva frente a Europa. Sin embargo, con el paso del tiempo —especialmente durante el siglo XX y la Guerra Fría— ese principio se transformó en una política activa de intervención, contención ideológica y expansión de influencia. Tras el fin del bloque soviético, América Latina perdió prioridad estratégica para Estados Unidos. Esto abrió espacio para el avance de China, Rusia e Irán en comercio, infraestructura, energía, defensa y cooperación política. China consolidó su presencia como socio comercial clave. Rusia reforzó vínculos militares. E Irán profundizó alianzas en países como Venezuela, aprovechando sanciones y vacíos geopolíticos.

Ese escenario comenzó a cambiar. La acción directa de Estados Unidos sobre Venezuela marcó un punto de inflexión y envió un mensaje más amplio al sistema internacional. Así, el hemisferio occidental volvió a ser una línea roja. Así emerge lo que algunos analistas denominan la Doctrina Donroe, una adaptación contemporánea de Monroe que no se presenta como doctrina formal, sino como una forma de actuar. Esta doctrina combina la exclusión de potencias rivales con un estilo político directo, transaccional y poco diplomático. Para Washington, la preocupación ya no es solo ideológica, sino estratégica. Ahora, puertos, telecomunicaciones, minería, infraestructura logística y cooperación militar definen control, dependencia y poder a largo plazo. La Doctrina Donroe no promete estabilidad ni democracia; promete límites. América Latina mantiene margen de maniobra, pero no infinito. El mensaje es claro: Estados Unidos no está dispuesto a compartir hegemonía estratégica en su propio hemisferio. Además, está dispuesto a actuar cuando percibe que esos límites se cruzan.

El Ártico dejó de ser una zona congelada y aislada. Ahora es una de las regiones más estratégicas del mundo en términos energéticos, comerciales y militares. Groenlandia —territorio autónomo que depende de Dinamarca— tiene una extensión ligeramente mayor a la de México. Un 80 % de su superficie está cubierta por hielo y la población es de apenas 57.000 habitantes.

Sin embargo, bajo su apariencia inhóspita se concentran recursos que hoy son claves para la transición energética global. Entre ellos están grandes depósitos de tierras raras (los mayores del mundo después de China), posibles reservas de petróleo y gas. Además, tiene una posición geográfica que podría transformar las rutas marítimas entre Estados Unidos, Europa y Asia.

Esto es cada vez más cierto a medida que el deshielo habilita nuevos corredores de navegación. Esta combinación explica por qué Estados Unidos, Rusia y China han acelerado su interés por aumentar influencia económica y militar en la región. También explica por qué Washington llegó a plantear formalmente su compra en cuatro momentos históricos: 1867, 1910, 1946 y más recientemente en 2019 bajo la administración Trump.

Además del componente energético y tecnológico, el factor militar es determinante. Rusia controla cerca del 50 % del territorio del Ártico y anunció un plan de 15 años para incrementar infraestructura, romperhielos, bases militares y operaciones de entrenamiento en clima extremo. Para Estados Unidos, Groenlandia representa una plataforma para vigilar y contener a Moscú. Además, quiere asegurar supremacía operacional en una región que podría convertirse en un nuevo eje de competencia global.

A pesar del interés estadounidense, Dinamarca y Groenlandia han reiterado que la isla no está en venta. Su valor económico es difícil de cuantificar. Estimaciones comparadas con Alaska la sitúan en el rango de USD 195 millones, mientras que métodos basados en múltiplos de PIB elevan la cifra a USD 42.600 millones.

Más allá del número, el mensaje es claro: el Ártico ya es parte central del tablero geopolítico del siglo XXI y el interés no disminuirá. Para las empresas, inversionistas y gobiernos, la pregunta no es si habrá una redistribución del poder en el Ártico. En cambio, es quién la liderará y con qué implicaciones comerciales, energéticas y tecnológicas.

Durante 2025, el sector cosmético en Colombia demostró una notable resiliencia y dinamismo, consolidándose como un motor clave del consumo interno con un crecimiento estimado del gasto de los hogares del 6,3 % hacia el cierre de año. La producción real mantuvo una trayectoria positiva, alcanzando un crecimiento anual del 4,2 % entre enero y octubre de 2025, impulsada por la sofisticación de la demanda y el auge de categorías premium y dermocosméticas.

En el ámbito externo, las exportaciones crecieron un 12,8 % en valor, con Perú y Ecuador como principales destinos, mientras que las importaciones aumentaron un 11,9 % para satisfacer la demanda de fórmulas especializadas. Hacia 2026, el sector se orienta hacia la diversificación de mercados, con un enfoque estratégico en Asia y el liderazgo regional en la perfumería de nicho.

Un presidente no es nada sin un Congreso que lo apoye, por eso, son tan claves las elecciones del 8 de marzo para elegir representantes a la Cámara y senadores de la República.

Sin embargo, estas elecciones tendrán un reto, y es enfrentar el descontento de la población, donde el 45 % no tiene afinidad con los partidos políticos y la indecisión para Cámara y Senado supera el 74 %.

Para este 2026 tendremos la buena noticia para la democracia en las elecciones legislativas y es que estimamos que ningún partido consolidará mayorías absolutas ni simples; limitando la capacidad del presidente que quede “ser una aplanadora sobre el país”.

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